viernes, 21 de octubre de 2011

Es indispensable tener la práctica de aquietar las aguas y los vientos, apagar el celular, dejar de prestar la atención a los deberes y compromisos, alejarse del ruido y sentir el palpitar del propio corazón, la propia respiración y allí... volver a sentir y saber quienes somos, más allá de la apariencia y los disfraces...


Todo ser humano tiene inscrito en el centro de su ser, en lo profundo del corazón el propósito profundo que lo trajo a la vida, así como cada semilla trae al árbol entero en potencia, así como en cada célula está el código del cuerpo completo, así en lo profundo de la mente hay un impulso, un sueño, una inspiración que lo llama a realizar en tiempo y espacio algún aspecto de la Totalidad de su Ser.
Para algunos será aprender a soltar y confiar, para otros atreverse a ser y crear, bajar el egocentrismo y la arrogancia y colaborar, levantarse de los dramas personales y dar, estudiar, investigar, emprender, sanar, y para todos, amar, participar y comprometerse con el bien de la humanidad y el planeta.
Todos portamos un centro irradiante de entusiasmo y alegría por Ser, pero lo vamos enterrando, cubriendo por capas de penas y desencanto, por el pago de deudas y la ansiedad de tener y hacer más y más, por las tensiones de cada día, por el desamor en que muchas veces vivimos, por lo que cuesta mantener el trabajo, porque parece que siempre estuviéramos al debe, por las heridas de la vida, o porque nos desilusionamos, los adultos van perdiendo en nuestras sociedades ese sol central que alguna vez los hizo vivir con ganas y entusiasmo por su quehacer, sintiendo que iban a aportar algo al mundo, y así es como el quehacer cotidiano se va convirtiendo en algo tedioso, que se hace como una obligación, sin sentido ni encanto, así es como la vida personal, el trabajo deja de ser algo que nos produce alegría y ganas…es cierto la vida del stress en que vivimos puede ser desalentadora, sin embargo también es posible alzarse sobre todo esto y mantener la lámpara encendida, no perder la vista fija en el faro que guía nuestro andar, darle espacio y tiempo al Alma, no dejarse engañar por los espejismos del parecer o tener por sobre el Ser.
No es tarea fácil y se requiere una voluntad dirigida a no perder el eje interno en medio de las circunstancias cambiantes, de la alegría y el dolor, del ganar y perder, de tiempos favorables y adversos, en medio del paso del tiempo, en especial en nuestra época, en que los acontecimientos son de una aceleración extrema y todos los ámbitos de la vida están sujetos a cambio, desde los roles masculino-femenino, a la estabilidad laboral, a las creencias religiosas, las aguas suelen estar agitadas tanto en el ámbito sicológico, interpersonal, laboral, afectivo, cultural, donde sea que miremos hay agitación y perturbación, emociones extremas y la vida parece ir en un torbellino interminable de eventos sin sentido.
Es indispensable tener la práctica de aquietar las aguas y los vientos, apagar el celular, dejar de prestar la atención a los deberes y compromisos, alejarse del ruido y sentir el palpitar del propio corazón, la propia respiración y allí, en la máxima simplicidad y quietud, en el silencio, volver a sentir y saber quienes somos, más allá de la apariencia y los disfraces, más allá de las penas y desilusiones, más allá de las presiones, allí en nuestra propia intimidad custodiar la hoguera sagrada de lo que en lo profundo somos y anhelamos para levantarnos potentes y claros del propósito central de nuestra vida.
Quien, a pesar de todo no pierde su dirección profunda, quienes recuerdan que la sencillez es un tesoro, que el dolor puede hacernos más humildes y sintonizados con los demás en vez de soberbios y amargos, que cada día es una oportunidad, que es una bendición tener esfuerzos y trabajos, que si cambiamos el mundo con cada acto de buena voluntad, y sentimiento afectuoso, que cada persona en nuestra vida nos enseña algo, que las experiencias nos pueden ampliar y enseñar, que es un milagro cada encuentro.

"EL FARO"