martes, 6 de septiembre de 2011

Cualquier experiencia podemos considerarla de dos maneras: con los ojos de la carencia o con los de la abun­dancia. El temor ve límites.... el amor ve posi­bilidades.

Un sábado, después de ir con Samantha, mi ahijada de diez años, al Pizza Hut, al centro comercial y a ver una película, la llevé al nuevo domicilio de su familia. Cuando dejamos la autopista para entrar en un camino de tierra que conducía a su casa, me dio un vuelco el corazón al ver que ella y sus padres estaban viviendo en un viejo autobús escolar en medio de un campo.
Mientras Samantha me enseñaba la casa de su familia, comencé a sentir pena de que esa niña, a la que quería tanto, se estuviera criando en un lugar tan destartalado. Mientras posaba tristemente los ojos en las junturas oxida­das de las paredes metálicas, las ventanas rotas y el techo con goteras, comprendí que sus padres habían descendido a una forma de vida puramente de subsistencia. Deseé res­catarla de esa lamentable situación.
-¿Quieres ver mi habitación? -me preguntó Samantha mirándome con sus grandes ojos castaños.
-Pues sí -contesté vacilante.
La niña me cogió de la mano y me condujo por una improvisada escalera que llevaba a un pequeño cuarto anexo que habían construido sobre el techo del autobús. Me estremecí al ver que la habitación estaba en las mismas condiciones que el resto, apenas habitable. Miré a mi alre­dedor y vi un elemento bastante simpático, un tapiz de vis­tosos colores que colgaba sobre el único sector de la habi­tación que se podía llamar pared.
-¿Qué te parece vivir aquí? -le pregunté, esperando una respuesta triste.
Sorprendido vi que se le iluminaba el rostro.
-¡Me encanta mi pared! -contestó riendo.
Me quedé atónito. No lo decía en broma. De verdad le gustaba su cuarto, por esa alegre y vistosa pared. Para ella era un trocito de cielo en medio del infierno, y prefería centrar fa atención en eso. Era feliz.
Volví a mi casa impresionado, en un estado de reveren­te respeto. Esa niña de diez años veía la vida con ojos agra­decidos, y eso lo cambiaba todo. Comencé a pensar en las cosas de mi vida de las que me había quejado. Caí en la cuenta de que al preocuparme por lo que no tenía, había dejado de ver lo que sí tenía. Al fijar mi atención en el metal oxidado, había pasado por alto hermosos tapices. Convertí en tema de meditación la afirmación de Samantha: «¡Me encanta mi pared!».



La gratitud no es la consecuencia de las cosas que nos suceden; es una actitud que cultivamos con la práctica. Cuanto más agradecemos, más cosas tenemos para agra­decer. Me contaron la historia de una mujer llamada Sarah, que a raíz de un accidente yacía en una cama de hospital, muy deprimida, sin poder mover ninguna parte del cuerpo excepto el dedo meñique de una mano. De pronto decidió hacer uso de lo que tenía en lugar de que­jarse de lo que le faltaba. Comenzó a bendecir el único dedo que podía mover y se inventó un sistema de comu­nicación moviendo el dedo para decir «sí» o «no». Agra­deció esa capacidad para comunicarse y eso la hizo más feliz. A medida que bendecía ese movimiento, su flexibili­dad iba aumentando. Pronto pudo mover la mano, des­pués el brazo y finalmente el cuerpo entero. Todo comen­zó con un importantísimo cambio de actitud: pasó de quejarse a bendecir.
El libro Getting the Love Yon Want [Obtener el amor que se desea], de Harville Hendrick, se ha convertido en un popular manual para las relaciones. El primer paso para obtener el amor que se desea es agradecer el amor que se tiene. El Universo siempre da más de aquello en lo que uno fija su atención. Jesús enseñaba que «Al que tiene se le dará más, y al que no tiene se le quitará incluso lo que tiene». Con eso nos aclara un principio metafísico de importancia suprema, la clave misma para la manifestación de la abun­dancia. Jesús enseñaba la importancia de concentrarnos en lo que tenemos o deseamos en lugar de concentrarnos en lo que nos falta o no deseamos.
Cualquier experiencia podemos considerarla de dos maneras: con los ojos de la carencia o con los de la abun­dancia. El temor ve límites, mientras que el amor ve posi­bilidades. Cada actitud estará justificada por el sistema de creencias que prefiramos. Deja de ser fiel al credo del temor y pásate al del amor, y el amor te sustentará adonde­quiera que vayas. Un curso de milagros nos dice: «El amor no puede estar muy lejos de un corazón y una mente agra­decidos [...] Estas son las verdaderas condiciones para tu regreso a casa»


Alan Cohen "Me encanta mi pared"
http://conciencia-donca.blogspot.com/