domingo, 19 de junio de 2011

¿Qué hay entonces de la búsqueda del Santo Grial, del viaje sagrado? A mí me parece que es un viaje de sólo treinta centímetros, lo que va de la cabeza al corazón, de los pensamientos a los sentimientos, de la exigencia de gratificación al aprecio y la humildad. El viaje espiri­tual culmina en la muerte del ego y la coronación del espíritu.



Nuestro proceso espiritual a lo largo de la vida es el viaje que nos lleva del ego al espíritu. Dado que el ego suele ser inseguro, tiene muchas necesidades e impulsos hacia la gratificación y debe vencer muchos miedos. El ego tiene que confirmar sus ideas y su preciosa imagen de sí mismo. Sus actitudes se convierten en sacrosantas.
Es natural que la personalidad humana y el ego que habita en su interior deseen, gradualmente y mediante su auto confirmación, coronarse reyes de todo cuanto domi­nan con la vista. Con el tiempo, sus órdenes y deseos se convierten en edictos que no se pueden desobedecer ni desafiar. Mantener felices al rey y la reina y darles todo lo que desean se convierte en el «trabajo principal».
Si alguien es muy inteligente o tiene mucho éxito desde el punto de vista humano, generalmente no le lleva mucho tiempo elevarse a si mismo a la categoría de semi­diós. Una vez que el ego (o la personalidad) se ha investido con los atributos de un dios, de ahí emana un extremo engreimiento- Se dan órdenes, se imponen exigencias y se manipulan las situaciones. Se reprimen la tolerancia, la espiritualidad y el agradecimiento. Cualquiera que desafíe los edictos del rey y la reina, o la imagen que estas perso­nas tienen de sí mismos, sentirá toda la ira de un régimen despótico.
Nuestra sociedad moderna engendra déspotas. En comparación con la vida de nuestros antepasados, ahora las cosas son agradables y cómodas. Todo lo que el ego puede necesitar lo tiene a mano. No hemos de cavar para alimentamos, ni cortar árboles ni transportar desperdicios y aguas residuales; lo obtenemos todo casi sin esfuerzo. En estas condiciones es natural que los seres humanos perdamos de vista la gratitud y nos dediquemos a adquirir importancia y recibir honores; nos convertimos en esclavos del esfuerzo de tener contento al rey ego o la reina perso­nalidad.
Y aquí está uno de pronto, un ser espiritual envuelto en pañales, nacido en un extraño mundo de gratificación, engreimiento, desenfreno y violencia. Un ser tan pequeño no tiene modo de desafiar la legislación colectiva del ego. Pronto se nos enseña a competir, luchar y exigir. Se nos enseña la necesidad de tener feliz al ego a toda costa.
La historia universal es la historia de egos políticos en conflicto y de su lucha por adquirir importancia y poder. La historia personal nos cuenta las mismas guerras y luchas, los mismos tratados y territorios conquistados, las mismas batallas para sostener el reinado del yo. En medio de la confusión de estas leyes egocéntricas, se pierde de vista a Dios y se deja de lado el motivo y sentido de la vida. Para muchas personas, la espiritualidad es un movimiento de resistencia que actúa en la clandestinidad de callejones oscuros mientras el ego duerme.
¿Qué hay entonces de la búsqueda del Santo Grial, del viaje sagrado? A mí me parece que es un viaje de sólo treinta centímetros, lo que va de la cabeza al corazón, de los pensamientos a los sentimientos, de la exigencia de gratificación al aprecio y la humildad. El viaje espiri­tual culmina en la muerte del ego y la coronación del espíritu.
Como digo en mi libro Whispeñng Winds of Change [Vientos susurrantes de cambio], la historia de la cruci­fixión es una enseñanza simbólica que representa nuestro viaje espiritual. El ego (o la personalidad) está representa­do por el Nazareno que muere en la cruz, atormentado por el dolor. María Magdalena y las otras mujeres al pie de la cruz representan la dulzura yin de nuestro yo espiritual infinito, que no puede hacer nada por salvar al ego. Las mujeres sólo pueden esperar.
Una vez que muere el Nazareno, lo colocan en una tumba, donde permanece tres días, que simbolizan el silen­cio, la meditación y la oración. Esta estancia en la tumba representa la introspección, la disciplina, la humildad y la gratitud, cualidades que asumimos al emprender el viaje interno por las oscuras cavernas del yo interior. Durante la introspección y la curación nos preparamos para la sobre -cogedora presencia del Espíritu Santo, el regreso de Dios a nuestra vida.
Pasado el periodo de tres días en la tumba, el Nazareno se levanta de la muerte para ascender al cielo, y en ese momento asume su nueva identidad, se convierte en Cris­to, la Luz Divina, impregnado del espíritu vivo, inmortal, de vuelta una vez más a la presencia de Dios.
Nuestro viaje es igual. En este viaje sagrado nos sana­mos a nosotros mismos y contribuimos a la curación gene­ral del planeta, porque nada estará bien mientras el ego no sea destronado.
Dejemos de lado las cosas tontas que no pueden durar. Abracemos el espíritu con humildad y gratitud y avancemos hacia el yo infinito interior. A mí me parece hermoso el hecho de que en lo más profundo de nuestro interior todos sabemos cómo hacer ese viaje sagrado.
Me siento sinceramente agradecido por vivir en esta era moderna, tan agradable y que tan poco esfuerzo exige. Es un momento perfecto en la historia para hacer progresos personales y transiciones espirituales. Fabuloso, realmente fabuloso, en mi opinión.


"Un paso hacia el infinito yo interior"
Stuart Wilde