viernes, 24 de diciembre de 2010

Cuanto más abiertos estamos a recibir el amor de nues­tro entorno, más energía tenemos.

Expresar gratitud por los milagros que ocurren en tu mundo es una de las mejores maneras de hacer especial cada momento de tu vida. A medida que avances por tu camino cada día, ten conversaciones con Dios en mo­mentos íntimos e importantes. En estas conversaciones, en lugar de pedirle favores especiales, afirma tu disposición a usar toda tu fuerza interior para crear soluciones. Pídele la sabiduría necesaria para hacerlo y dale también las gracias por Su ayuda.
Saber que se puede acceder a la orientación divina es algo más que asistir a un servicio religioso el domingo por la mañana. Es un saber que procede del interior, del que jamás se puede dudar ni prescindir porque esos momentos se convierten en tu modo de vivir.
A medida que tengas más conciencia de la presencia divina que fluye a través de ti en todo momento, descubri­rás que te tomas más tiempo para apreciar la belleza que te rodea. Cuando contemples un pájaro, una flor, una puesta de sol, una madre amamantando a su bebé, un autobús escolar lleno de niños o un anciano, ábreles tu corazón. Deja que el amor fluya de ti hacia ellos y siente como regre­sa. Cuanto más abiertos estamos a recibir el amor de nues­tro entorno, más energía tenemos.


Hay energía en todas las cosas y todas las personas. Recibimos esa energía invisible cuando apreciarnos de ver­dad la belleza y maravilla de nuestro universo.
Con la práctica serás capaz de enviar el amor que estás recibiendo mediante el simple acto de apreciar y agradecer la belleza. ¡Inténtalo!
Otro resultado positivo de agradecer tu mundo es que tu capacidad de dar aumenta. Cuando tienes gratitud en el corazón, adquieres una nueva disposición para dar a los demás, de modo que ellos también experimenten la alegría que tú sientes. Descubrirás que deseas contribuir a satisfa­cer las necesidades y deseos de los demás sin esperar reco­nocimiento.
Pero es importante distinguir entre dar y sacrificarse. Un sacrificio se hace generalmente por algo, sólo se realiza para lograr algo. Cuando uno se sacrifica, da para obtener, y entonces actúa según el ego, que nos programa para creer que somos tan importantes y especiales que nos merece­mos algo a cambio de lo que damos. El ego nos quiere engreídos, convencidos de que dar indica superioridad, como si la generosidad nos distinguiera de otras personas que no son tan generosas.
Por otro lado, si se da porque se cree que hay que hacerlo, no se está verdaderamente motivado por el yo superior. Eso también es obra del ego, que nos dice que somos mucho mejores que los que reciben y que ellos debe­rían darnos las gracias.
Sin embargo, dar con el fin de promover la tolerancia y el amor mediante nuestro yo sagrado es diferente. Cuando cultivamos una sincera aptitud para dar, que nace de la propia gratitud por los dones que se nos han dado, experi­mentamos en todo su esplendor la idea de que dar es reci­bir y recibir es dar. La experiencia de atender a las necesida­des de los demás es una de las más dichosas que se pueden conocer. Recuerda lo emocionante que era hacerles regalos a tus padres, abuelos y hermanos. La gratitud que sentías por su felicidad era igual, o tal vez mayor, que la emoción de recibir regalos. ¿Por qué? Porque recibías cuando dabas.
¿Sabes?, es tu yo sagrado el que te capacita para sentir gratitud y para dar incondicionalmente. Es tu ego el que desea recompensa. Pero eso sólo ocurre porque es lo que el ego conoce, ya que sigues recompensándolo por mantener­te separado de tu presencia amorosa. Dale al ego la expe­riencia de conocer el amor y la tolerancia de tu yo superior, y automáticamente comenzarás a actuar del mismo modo en tu vida externa.







WAYNE DAYER




http://conciencia-donca.blogspot.com/